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[India] Varkala y Kanyakumari, en busca del mar al sur de la India

Cuando decidimos ir al ashram de Amma, la idea era volver a Fort Kochi y seguir subiendo al norte por la costa, ya que teníamos un mes para llegar a Rishikesh (al norte de Delhi) donde teníamos ya reservado el curso de yoga 🙂 Pero como la mayoría de veces, escuchando a viajeros y a locales, decidimos cambiar nuestros planes. María nos recomendó una ruta alternativa por el oeste y también nos dijo que si queríamos playa, un poco más al sur, teníamos una zona muy buena, mucho mejor que la turística y bastante sucia Goa. Decidimos que en la India lo más importante no era la playa (muy a nuestro pesar, jejeje) pero que unos días de relax para desconectar de tanta espiritualidad tampoco irían nada mal.
Así que ya que estábamos por la zona, podíamos aprovechar e ir un poco más al sur, a Varkala, el pueblo costero que nos había recomendado María.

Qué buena decisión! No lo podemos comparar con Goa porque no hemos estado pero este lugar tenía mucho encanto y nos pasamos casi una semana de relax. Leyendo, escribiendo posts, planeando las próximas semanas, disfrutando del mar y del buen comer. Ahhh y también hicimos unas cuantas clases de yoga, para que lleguemos al curso con un nivel un poco menos de principiante, jajaja

Varkala está situado en un acantilado, y su vida gira entorno a él. Casi toda la parte turística se sitúa en el North cliff, es decir, sobre la parte alta. Hay todo un camino empedrado al borde del acantilado de forma que de un lado tienes un montón de tiendas y restaurantes y del otro lado unas vistas espectaculares al mar. Por supuesto ese camino está a la sombra gracias un montón de estilizadas palmeras que tanto caracterizan el estado de Kerala, por lo que cada vez que pasábamos por allí, (que era todos los días varias veces) tenía a Juny velando por nuestra seguridad, mirando hacia arriba e intentando esquivar las palmeras para “evitar” que se nos cayera un coco en la cabeza 😉

Ahí van algunas fotitos de Varkala! ❤

Estábamos en el sur y queríamos ir hacia al norte cuanto antes, pero estando a tan solo unas horas de la puntita de la India, el punto más sur, donde se mezclan 3 aguas distintas! La tentación era demasiado grande. Además parecía ser un lugar muy poco turístico y muy auténtico. Por lo que decidimos seguir nuestros instintos y nos dirigimos a la estación de tren para llegar ese mismo día a Kanyakumari.

Ya en el tren, la experiencia ya valió la pena porque a mitad del trayecto se subieron dos hombres indios que se sentaron a nuestro lado y comenzaron a darnos conversación. Hablamos de India, de su trabajo (eran militares), de sus familias… Uno de ellos bajó del tren pocas paradas después pero el otro se quedó y nos dijo que se llamaba Murugan, nos enseñó fotos de sus hijos y nos convenció para ir a pasar la noche a un hotel en el que conocía a los dueños. Nosotros teníamos anotada la dirección de una guesthouse pero no habíamos tenido tiempo de reservar, así que decidimos ir a echar un vistazo y decidir in situ. El señor se bajó una parada antes porque tenía su moto allí. Que por cierto, el hombre en cuestión tiene dos motos, una para ir de casa al tren y la otra del tren al trabajo, y la distancia larga la cubre en tren! Bueno, a lo que iba, que me voy por las ramas… Quedamos en que nosotros íbamos al hotel y le nombrábamos a el, que como le conocían nos harían un buen precio. Y cual fue nuestra sorpresa al llegar a la última parada (recordad que íbamos a la puntita, ya no puede haber más paradas, si no te adentras en el mar, jijiji), que nos encontramos al señor con la moto que había ido hasta allí para acompañarnos al hotel.
Vimos la habitación, precio correcto, no era para tirar cohetes pero era suficiente. Así que aceptamos y listo. Y nos despedimos de Murugan.

Nuestra estancia era de tan solo una noche y ya eran las 4:30 de la tarde, así que teníamos que aprovechar el tiempo. No os he contado pero quizás lo podáis suponer, que desde la puntita, desde el mismo punto, puedes ver tanto el amanecer como el atardecer en el mar, con lo que hace al lugar un tanto especial. Es un lugar de peregrinaje y se considera que hay una energia especial. Como no había tiempo que perder, tras acomodarnos en la habitación nos dispusimos a ir hacia la zona del Sunset.

A medida que caminábamos nos sentíamos más y más observados, y eso que yo ya me había tapado todo lo que había podido, a pesar del calor que hacia. Pero esas miradas fueron mucho más intensas cuando llegamos a la zona de la costa, concretamente del punto más sur de la India. Era imposible esconderse, hiciéramos lo que hiciéramos éramos la atracción del lugar. Y fue tanto el “éxito” que nos empezaron a pedir fotos. La primera vez entendí que querían hacernos una foto a los dos para luego pedirnos propina (lo de la propina me lo imaginé yo) pero cuando nos lo repitieron varias veces entendimos que lo que querían era hacerse fotos con nosotros con su cámara, jajaja, ok. Por qué no? Meeeeeeec, error, a partir de ahí, se acercan más y más personas a pedirnos fotos. Hubo un grupo que incluso nos pidió que le escribiéramos unas palabras y que le firmáramos, los dos! De aquí a la fama, señores! Ya se como se sienten los famosos, y creo que una tarde de gloria está bien, pero todos los días debe de ser agotador! 😉

A estos últimos les pedimos que nos señalaran cual era el punto donde se confluyen el Mar Arábigo, Bahía de Bengala y el Océano Índico, pero todo tenía un precio, más fotos con amigos suyos, con un smartphone, con una cámara, ahora la pareja, ahora solo uno de ellos, …, vamos que ni los Beckham!

Nos bebimos un coco, paseamos por la zona, observamos las atracciones del lugar y esperamos disfrutando de la autenticidad del momento a que se pusiera el sol. Y esa espera fue maravillosa, gente bañándose en los mares, vendedores intentando convencerme para que les comprara collares, gente haciéndose fotos, gente tomándose un chai (té con leche y especias), eso parecía la plaza del pueblo. El lugar de encuentro, de reunión. Hay varios templos por la zona, incluso en uno de los islotes más próximos a la tierra firme, así como el memorial de Ghandi pero nosotros preferimos pasarnos las horas saboreando cada momento, cada imagen y dejándonos llevar. Y el momento de culminación llegó poco antes de ponerse el sol, abarrotándose de gente el lugar. Parece ser que tanto peregrinos como locales se aglomeran allí , ya os he comentado que tiene una energia especial, y ven el atardecer, es el lugar de reunión. Pocos instantes después de ponerse el sol, la gente se esfumó, así que deambulando entre los más rezagados nos dispusimos a volver al hotel, no sin antes disfrutar de una cena espectacular a precio… también espectacular.

El día siguiente queríamos ver el amanecer desde el mismo punto pero nos despertamos un poquito justitos de tiempo, así que lo disfrutamos desde la cubierta del hotel. El amanecer fue precioso pero lo que nunca olvidaré de ese día fue el paseo que dimos a media mañana. Quisimos ir hacia el mar pero por otro lado y nos encontramos con una iglesia blanca, muy bonita, cristiana. Si, cristiana. Pero esto no es lo que sorprende. Lo más increíble fue entrar y observar que las fieles iban vestidas con sus característicos trajes bien coloridos indios, se cubrían la cabeza, se descalzaban al entrar y muchas de ellas se sentaban en el suelo, a pesar de haber bancos. Creo que es una de las cosas más sorprendentes que he visto nunca. Era como estar en un lugar donde había un poquito de cada religión. Maravilloso que puedan convivir costumbres y religiones tan distintas.

Con buenas sensaciones nos fuimos a comer al mismo lugar de la noche anterior y a tomarnos un postre.

Eran las últimas horas en el sur, y nos esperaba la primera noche en el tren rumbo norte, una vivencia única! Os lo contaremos en el próximo post!

Un beso enorme!

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[India] Conociendo a Amma, una santa india… viva

Aterrizamos en Cochin. Es de noche. No queda más remedio, habrá que pagar un taxi. 1080 rupias más 10 para el peaje. El cambio del día 70 rupias = 1 euro. Creo que nos tocó el chofer más loco de la ciudad. Las manos sudando. El corazón a 1000. Los ojos intentando mirar a otro lado, pero los cláxones de los camiones, coches y buses demostraban que no estábamos conduciendo de la manera más civilizada posible. A los cuarenta minutos, para. Estamos en nuestro hostel.

Habíamos reservado dos noches pero un intercambio de emails a última hora nos hizo cambiar nuestros planes. Estaríamos una sola noche, puesto que al día siguiente partiríamos hacia Amritapuri. Matamos una decena de mosquitos, nos instalamos en nuestras camas individuales cubiertas con mosquitera, y a dormir. A la mañana siguiente, ducha, desayuno a lo indio y camino de Amritapuri.

Y vosotros preguntaréis? Por qué esa prisa por llegar? Porque ese cambio de última hora?

Hace aproximadamente un año, justo al principio del viaje, en Goreme, La Cappadocia conocimos a María, una mujer brasileña con la que estuvimos hablando largo y tendido cuando escuchó que nos íbamos a dar la vuelta al mundo. Ese día nos dijo que ella vivía a caballo entre su país e India. Nos invitó a que nos volviéramos a ver en algunos de esos dos lugares del mundo y nos habló de Amritapuri, el lugar donde pasaba sus largas temporadas en India y, del alma del lugar, Amma, una santa que se dedica a dar abrazos a todo el mundo, sin importar su clase, su raza, su religión, sus rarezas o sus enfermedades. Era la primera vez que oíamos hablar de esta santa mujer. El destino de la India aun quedaba muy lejos por aquel entonces. Nos intercambiamos los emails y ahí quedó todo. De hecho, cuando fuimos a Río de Janeiro, de donde es María, se nos olvidó totalmente contactarla. Fue en Vietnam, un día antes de nuestro vuelo a la India cuando Juny sacó del cajón del recuerdo ese contacto. Escribimos a María y le contamos que finalmente íbamos a la India, que al día siguiente llegábamos a Kochi, muy cerca de Amritapuri. Nos contestó a los 5 minutos. Nos dijo que estaba allí en Amritapuri, y que Amma iba a dar abrazos ese sábado y domingo. Nos sugirío ir hacia allá en cuanto aterrizáramos en Cochin. Era una oportunidad única ya que Amma se iba de tour unos días después y ya resultaría imposible coincidir.

Horas antes acabábamos de reservar el alojamiento. Era jueves por la noche. A la mañana siguiente volábamos. Aún no sabíamos como lo íbamos a hacer pero contestamos a María que estaba decidido, nos íbamos a pasar una semana al ashram de Amritapuri.

El camino hasta Amritapuri no tiene mucho más de 110 km y puedes recorrerlo tomando un taxi por un dineral o dejarte llevar. Nosotros elegimos lo segundo y estas fueron las fases del trayecto:

  • 1,5 km a pie hasta el puerto en los que pudimos disfrutar de Fort Kochi, la idea era volver al cabo de unos días para disfrutar bien del lugar, pero como siempre cambiando los planes, nunca volvimos.
  • Barco para cruzar lo que creo que era un lago hasta Ernakulam: 4+4 rupias
  • Tuk-tuk hasta Junction train station: 40 rupias
  • Tren hasta Kayankulam, en 2a clase: 140 rupias. Susto incluido a medio viaje en el que nos dicen que estábamos en el tren equivocado… eran ellos los que se habían equivocado 🙂 Siempre asesorados por al gente que hay alrededor. Muy amables y hablan inglés, aunque aún no pillamos del todo el acento.
  • Tuk tuk hasta Kayankulam Bus Station: 40 rupias
  • Bus hasta Karunayapally: 17+17 rupias
  • Bus hasta Amritapuri: 10+10 rupias

Fin del trayecto, total: poco más de 4 euros… entre los dos!

Y así fue nuestra inmersión en India, en menos de 24 horas habíamos subido a todos los tipos de transporte del lugar y estábamos metidos dentro de un ashram, desconectados del mundo e integrados (o intentándolo) en la vida local y “espiritual” de la India.

Aun no os he contado muy bien quien es Amma, y creo que vale la pena daros unas pinceladas. Su nombre es Sri Mata Amritanandamayi. Nació en un pueblo costero en Kerala, sur de la India en 1953. A los 9 años su madre enfermó y tuvo que dejar la escuela y hacerse responsable de sus 7 hermanos. No era una niña normal, pasaba horas en la orilla del mar meditando y yendo de puerta en puerta a regalar la poca comida y ropa que tenía su familia a los más necesitados. De primera mano vio la cruel desigualdad que hay en el mundo y se preguntó qué significaba el sufrimiento. Su búsqueda culminó en la decisión de dedicar toda su vida a dar amor a todas las personas que pudiera. Pronto la gente del lugar la empezó a llamar Madre.

Actualmente es una líder espiritual, humanitaria y visionaria. Es la líder espiritual más accesible. La única “santa” viva que conocemos.

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“Mi religión es el amor” – Amma

Si queréis saber un poco más de su historia,  os dejo su página Amritapuri y sus actividades humanitarias en su gran proyecto Embracing the World. En nuestra estancia en el ashram, tomé prestado un libro muy interesante de la biblioteca llamado “On the road to freedom”, autobiografía de Swami Paramatmananda Puri que cuenta mucho de la juventud de Amma y de como empezó el ashram y algunos de los muchos milagros de Amma. El libro está dividido en dos volúmenes.

Esta mujer realiza una labor humanitaria increíble, ha creado hospitales, universidades, ha construido pueblos enteros, da de comer a todo el mundo que pasa por su ashram y lo más importante ha abrazado a 34 millones de personas. Es o no una santa?

Bueno, creo que ya conocéis un poco a Amma, y aquí vienen las preguntas más importantes: Visteis a Amma? La abrazasteis? Como es la vida en un ashram? Que sentimientos afloraron allí?

Bueno, por partes. Después de todo un día de viaje para recorrer tan solo 111 km estábamos un poco cansados, así que llegar a un sitio donde la gente está cantando mantras todo el tiempo y van vestidos casi todos de blanco resulta un poco raro y chocante. Pero hay que decir que en Amritapuri lo tienen todo muy bien organizado. Llegas allí y haces el check-in como si de un hotel se tratara. Solo que en el precio por persona de la habitación con sus tres comidas indias incluidas (desayuno, comida y cena) es de solo 250 rupias por noche, es decir, solo unos 3.5 euros! Lo único que te piden, sobre todo si vas a estar más de 2 ó 3 días es que te inscribas para que te asignen un trabajo para colaborar con una horita o dos de servicio desinteresado al día o lo que ellos llaman sheva. Hay tareas de lo más variadas como cortar verduras, fregar platos, secarlos, separar basuras, ayudar en el restaurante, estar en recepción… A Juny le tocó en la cocina india fregando ollas gigantes (en las que casi se podía meter él dentro) y a mí secar platos, tazas y cubiertos del restaurante occidental. Mi sheva era muy interesante, ya que en la zona en la que estaba podía interactuar con mucha gente distinta y fue muy entretenido, había más de uno que estaba un poco loquito 😛 Y si te apetecía ayudar un poco más, siempre podías acercarte a la primera planta del templo a ayudar a encuadernar y empaquetar sus propias revistas mensuales que envían a los suscriptores devotos. Lo hicimos varias veces, éramos unos máquinas de doblar papelitos!! 🙂

A excepción de este rato de trabajo, la vida en el ashram de Amritapuri fue muy tranquila, sobre todo para nosotros que no nos levantábamos a las 5:00 am para ir al templo a meditar y cantar como los más devotos. Puedes ir a clases de yoga (pagando a parte, por supuesto) a la que fuimos en una ocasión. Juny con los chicos y yo con las chicas. Puedes ir al templo a meditar y a cantar mantras, a la playa a leer para después quedarte a ver el atardecer, a tomarte un helado de mango mientras observas a la gente del ashram pasar, ir a conectarte con el mundo exterior a través de la sala de ordenadores con internet (no hay WiFi), puedes irte al pueblo a pasear… Nosotros lo hicimos, incluso visitamos el Hospital de Amma donde quedamos con nuestra amiga María que estaba ingresada allí para hacer un ayuno y un tratamiento ayurvédico. Más tarde aprovechamos también para visitar la Universidad que Amma ha construido, impresionante! Es preciosa y parece que están consiguiendo hacer una labor muy importante dando la oportunidad de ofrecer educación superior a la población india.

El ashram de Amritapuri es un poco especial, es tan grande que parece una ciudad. Lo tienes todo sin salir del recinto, hasta la simcard india la compramos allí. Por lo que nos dijeron varias personas que conocimos allí es también un ashram muy flexible, en el que eres libre y no estas “obligado” a seguir unos horarios y unas normas (que sí siguen los más devotos). Lo único que te piden es vestirte de forma modesta (no hace falta de blanco) y no hacer fotos dentro del ashram.

Y esto último lo entiendo bien para mantener la privacidad de las personas que están allí dentro porque allí hay gente de todo tipo: gente que ha recibido la llamada de Amma, devotos y fanáticos de ella que van vestidos de blanco, familias enteras que viven allí, yoguis, almas perdidas en busca de consuelo, jóvenes curiosos, viajeros, personas con caras de iluminados, personas que aun no saben lo que quieren, personas que han perdido a alguien, gente muy pobre, gente muy rica, gente feliz, gente amargada, enfermos físicos y mentales, personas que solo están de paso, gente buena y gente menos buena, pero todos, absolutamente TODOS son bienvenidos.

Todos son bienvenidos y todos tienen derecho a recibir el darshan o lo que es lo mismo el abrazo de Amma, y principalmente a eso habíamos ido. Hay tanta gente a la que Amma tiene que abrazar que tienes que pedir el token (un número) para seguir orden y que no sea todo un caos.

De hecho nos fuimos a pedir el token a primera hora de la mañana y nos dieron entre el 401 y 500 y nos dijeron que calculaban que nuestro turno no llegaría hasta bien entrada la noche. Vimos a Amma como empezaba a dar abrazos y nos fuimos a descansar a la habitación. Bajamos a comer y allí estaba la mujer, incansable dando abrazos tan sonriente como hacía unas horas, sheva-time, y a descansar. Vamos a ver el atardecer, cenamos y la mujer sigue ahí con una sonrisa de oreja a oreja, y aun no toca nuestro turno. No recuerdo a que hora nos dejaron ya ponernos en la cola, creo que sobre las 11:00 de la noche y no lo recibimos hasta dos horas después. Pero esas dos horas fueron muy diferentes a todo lo que hemos vivido hasta ahora. Mientras esperas, viendo por la pantalla gigante a Amma dar abrazos, ves a toda la gente que sale de allí, algunos con una sonrisa de felicidad, otros serios, otros con mucha paz, muy serenos y tú te vas preguntando que haces allí, si sentirás algo, si de verdad Amma es tan santa, sabrá lo que me pasa, lo que necesito, si me curará el dolor que tengo en el alma, me sentiré mejor luego, si soy tan escéptica podré sentir algo, si…

Observas, piensas, reflexionas, y vuelves a observar y poco a poco te vas acercando y por fin subes al escenario lleno de devotos cantando mantras, sintiendo el olor a incienso, estás como en una película, no lo sé explicar de otra manera. En la vida pensé que iría a un sitio así a recibir un abrazo… Y por fin llega el momento. Tienes que arrodillarte y en los momentos previos sus ayudantes te preguntan tu país y en nuestro caso vieron que éramos pareja y nos dieron la posibilidad de recibir el abrazo juntos. Primero pasé yo, Amma tomó mi cabeza contra su pecho y me abrazó y pronunció unas palabras que aun no se que significan, algo como “Kurim, Kurim”, llegó Juny y me volvió abrazar. Esta vez junto a Juny y volviendo a pronunciar, “Kurim, Kurim”. Nos entregó unos caramelos y unos sobrecitos con unas cenizas bendecidas.

¿Qué sentí? Pues no voy a mentir, no sentí nada que no hubiera sentido antes. Sentí un abrazo de madre. Un abrazo de los que te reconfortan y te consuelan. Me sentí bien, y aunque no creo que me haya curado mi dolor creo ha valido la pena.

Escribir sobre esto me parece muy complicado, por un lado soy una persona bastante escéptica. Me cuesta mucho creerme nada hasta que lo veo. No creo en la religión, sí creo que hay una energía especial en el Universo, creo en las personas, en el bien y en el amor. Pero por otro lado creo que todo pasa por algo, y creo también que las personas tenemos sentidos que la mayoría no hemos desarrollado y que unos pocos elegidos tienen una sensibilidad especial. Llamadlo amor, llamadlo poderes, llamadlo lo que queráis.

Estuvimos una semana allí. No fue demasiado pero fue suficiente. Es un lugar que no deja indiferente, sean cual sean tus creencias y merece ser visitado. Nos encantó tener la oportunidad de conocer a una “santa” y recibir su abrazo maternal, pero no era nuestro lugar, al menos por el momento. El viaje continua y nuestra búsqueda de experiencias también.

Os dejo unas poquitas fotos de nuestra estancia en Amritapuri.

Nos vemos el próximo domingo en Varkala, donde disfrutamos de unos días de relax en el acantilado.